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NO ME LLAMO SOLEDAD, microrrelato presentado al concurso ACCEM




NO ME LLAMO SOLEDAD

Accem
Microrelato participante en el concurso literario organizado por la Asociación ACCEM


La picardía que me caracteriza ha sido y es siempre el motor que me impulsa a seguir adelante, a empujar los obstáculos y a echar a personas que en mi vida no me han tratado como dios manda, empezando por mi ex marido Manuel.

Soy Paca, la hija de Ramona y Pepe que vivían en el cuarto piso, arriba del ultramarinos que regentaban mis padres. Todavía sigo viviendo aquí. ¡Ay qué ver cómo da de vueltas la vida! Para luego devolvernos al mismo sitio, aquí en mi pueblecito de toda la vida. Tengo 80 años y me he recorrido toda España de punta a punta. He estado en Alemania donde mi ex marido me llevó de recién casados cuando en aquella época muchos amigos nuestros nos decían que allí se encontraban trabajos mejor pagados ya que la cosa no iba muy bien para algunos de nosotros. A mí me daba igual quedarme en el ultramarinos a trabajar con mis padres pero Manuel me decía que quería progresar y no le hacía ninguna gracia eso de tener que trabajar para sus suegros. Total, que me dejé arrastrar por ese sinvergüenza y en Alemania lo único que aprendí fue que los españoles estábamos muy atrasados mentalmente y que la mujer trabajadora estaba muy bien considerada. Pero mi ex marido no era partidario de que yo trabajara, así que pronto me quedé embarazada y para colmo me enteré de que tuvo una aventura con una alemana. Ahora que lo cuento no siento ni pena ni rencor, tuve la suerte de que mi familia se hizo cargo de nosotras y así me vine para España tan pronto se enteraron de la sinvergüencería de mi ex marido. Cuando regresé, la niña ya tenía un año y pedí los papeles del divorcio. El muy listo quiso quitármela; desde Alemania consiguió a un buen abogado de los caros e intentaron culparme por abandono de hogar y muchas otras mentiras que me traían por el camino de la amargura. En fin, que aún tarde, todo se arregló y pude quedarme con mi hija. Él le pasaría la pensión hasta que cumplir la mayoría de edad.

Como madre, no me pude quejar. Mi hija era una bendición, me cuidaba y se preocupaba de mí. Procuraba que todos los días tuviéramos una conversación telefónica ya que ella se había ido a estudiar para la capital. Siempre fue una chica espabilada y ha sabido desenvolverse muy bien con los estudios de administración pues llegó a trabajar en un banco muy importante hasta su muerte. Un accidente de coche me la arrebató. El dolor más grande que puede sentir una madre es perder a su única hija. No me pudo dar nietos porque se murió con 25 años a punto de casarse con su novio, un mozo bien plantado y alto que me hubieran dado unos hermosos nietos. Yo considero una injusticia lo que le hizo ese imprudente a mi hija porque me la arrebató el destino ¡después de todo lo que sufrí para que no me la quitase ese sinvergüenza!

Ya hace de eso más de 50 años y todavía me duele en el alma haberla perdido. No me volví a casar. Dejé de confiar al estar con otros hombres que eran unos gandules que solo me querían de sirvienta, igualitos que mi ex marido y luego lo de mi hija. Ya cuando me divorcié todavía estaba mal visto y te miraban como si hubieras hecho algún pecado. Yo, ni caso. Nunca me han afectado los chismes y las habladurías de los demás. A nadie he necesitado para que me sacaran las castañas del fuego. Yo solita me tengo y gracias a dios conservo la salud, la vitalidad y el entusiasmo. Mis amigas me preguntan cuál es mi secreto y yo les digo a ellas que crean en sí mismas, que valemos mucho, que no nos dejemos manipular, que la vida son dos días, que la riqueza que tiene una persona es su bondad. No soy católica, ni protestante, sólo soy yo misma. Me ayuda el estar con otras personas que comparten mis aficiones. Me gusta asistir a las fiestas de mi pueblo donde juego al tute y salgo a bailar. También me gusta cuidarme; doy largas caminatas con mis vecinas bien temprano y nos recorremos los campos de alcachofas; hago tai chi y natación. Así que cada día que pasa me siento más sabia, más preparada para experimentar nuevas cosas. El otro día mi amiga Puri estábamos recordando a su marido que falleció de cáncer hacía ya 2 años y de repente me dijo que tenía miedo de morirse y quiso saber qué pensaba así que de repente preguntó: ¿tienes miedo a la muerte? Y le respondí: claro que tengo miedo, pero lo que me asusta es no tenerlo porque cuando eso me pase sabré que ya habrá llegado mi momento. Las dos nos quedamos un tanto pensativas y luego la animé volviendo a hablarle sobre sus hijos y sus nietos. De verdad que detrás de todos estos años de vida sólo habré echado de menos una: a mi hija.


Creo que mi vida como mujer viviendo sola es un reto, una superación constante y un ejemplo para nuestras próximas generaciones.




Nota de la autora
Aunque el personaje de la señora Paca es ficticio, sus vivencias acerca de su vida cotidiana representan a todas las mujeres mayores que viven solas y que a lo largo de mi vida he conocido, por lo tanto, les hago con este breve relato un pequeño homenaje y con ello también aporto mi granito de arena en agradecimiento al resto de mujeres mayores que son un ejemplo a seguir para todas nosotras.







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