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Asunción Belarte (Valencia, 1976),  licenciada en Psicología y escritora. Actualmente, vive en Valencia, donde se dedica a la coordinación y moderación de concursos literarios en la web de ZonaEreader.com y desde el año 2007, ha estado desarrollando su carrera como escritora profesional.

viernes, 2 de diciembre de 2011

ESPERANDO TU COMPAÑÍA: primera parte

Hoy os dejo con la primer parte de este relato que optuvo el primer premio del 5º Concurso de Narrativa Juvenil en Albal (Valencia)

Deseaba compartirlo con vosotros. Muchas gracias por leer.

¡Saludos de Eredine!

ESPERANDO TU COMPAÑIA:    primera parte


            Te cuento esto porque nunca me he sincerado con nadie. No pretendía ser una melancólica de la vida que tanto sufre por los demás. Siempre he sabido areglámelas  sola.  Yo sé quien soy.  Jamás conseguirán hacerme daño.
            He aprendido de esta vida que cuando consientes que te humillen, es porque esas personas no son problema tuyo y no te entienden. ¡Para qué perder el tiempo intentando entenderles si en realidad  no quieren ni  puedes hacerles cambiar!

            Mi infancia fue muy solitaria. Crecí en Milwaukee (en el estado de Wisconsin) en el centro-este de los Estados Unidos. Nunca tuve una relación con nadie que fuera de mi posición social pues  mi familia, empresarios de toda la vida, almacenaban maíz para que yo pudiese comer. En el colegio, los profesores no me trataban como a los demás. Me arrinconaban y me advertían que no valía la pena enfrentarme a ellos puesto que, a la mínima queja que diese me mandarían a la directora. No era de extrañar que la directora me quisiera tanto, yo la entendía (un error por mi parte), pero lo que más me irritaba es que me miraba como si fuera la única que no tiene derecho a estar entre los demás niños. “Tu comportamiento es ridículo, Mary Elisabeth. No sabrás nunca aceptar que lo que te digo es por tu propio bien”. Recuerdo esas palabras claramente, pues al comienzo y al final de cada sesión que teníamos me las repetía, y repetía, y repetía…Tantos años gastados en conocimientos que adquirí para luego dejar la carrera universitaria.Y todo se debe a mi comportamiento, como si mi personalidad fuera una extraña semilla mal cultivada.
            Aunque ahora no guardo rencor por esos años, en aquellos momentos sentía la necesidad de escapar y poder decidir por mí misma, sin que nadie me dijese que estaba mal.
            Mi madre era la que me disculpaba a las demás personas para dar buena imagen de ella misma y después, la de su hija. Ella, nunca pudo tener hijos y me recogió a mí porque no habían más niñas. No puedo decir que guarde buenos recuerdos de ella, menos de mi padre porque nunca se encontraba en casa. Viajando, comercializando, ¡adorando el maíz, su maíz ! Ella, en cambio, no sabía hacer otra cosa que no fuera ir a la peluquería, de compras, al cine y a otros sitios con sus amigas, vecinas del barrio. ¡Qué curioso es el mundo¡ ¡Saber al final que yo me iría de aquel barrio repleto de falsedad y cotilleo un Martes por la tarde a la salida del colegio !
            Yo tenía 14 años y mi madre siempre me recogía del colegio, por si yo no volvía a casa. Nunca confió realmente en mí. A esa edad, tenía la oportunidad de ver nuevas cosas que me atraían de verdad. Películas, viajes, chicos… pero ella jamás lo permitía y tampoco me escuchaba. Así que decidí verlo yo misma y me fui a Dallas con el dinero de mi paga semestral que mi padre me mandaba o por correo, o cuando volvía de algún viaje. Decidí instalarme en un Motel, pero el dueño no se fiaba de mí, seguramente por mi edad. Pensé que debería quedarme definitivamente, así que busqué un trabajo con el que sobrevivir.
            Dediqué un día entero a la búsqueda y captura y tuve suerte a la tercera vez de camarera en un bar de la esquina con el turno de mañanas. De vez en cuando soltaban alguna propinilla para hacerme sonreir, aunque yo solo servía el café. Pasó una semana y media, y cuando volví al Motel (sobre las cuatro de la tarde) observé que un policía hablaba con el dueño y supuse que se trataba de mí. Vi al dueño señalar hacia donde yo estaba y empecé a correr. No sirvió de nada, porque al girar la esquina un policía me agarró por el brazo. Me metieron en el coche y así llegué a la comisaría. Me trataron como a una adolescente desorbitada con problemas psicológicos porque decían que yo no sabía como llevar mi vida.
            Me interrogaron durante una hora para saber qué estuve haciendo. Lo conté todo, además de que necesitaba separarme de mis padres. Lo que consiguieron de mí fue llevarme otra vez con mis padres. Me llevaron a casa sin dirigirme ni una palabra de lo ocurrido. Volví a las costumbres de siempre, aunque dentro de mí sabía que necesitaba salir de aquel barrio.
            Pasaron los años y mi madre me dedicaba, cada vez, menos tiempo. Me daba igual porque así tendría libertad para hacer lo que yo quisiera. Pensé en cómo sería mi vida en California y comencé a prepararme para acceder a la universidad, y opté por estudiar Derecho.
           
            Llegué a California un día lluvioso de Otoño. Recuerdo que me dolían los hombros por el peso de las maletas. El interior del patio de la entrada relucía con la luz del sol. Llamé al timbre y una persona se acercó. Desde fuera  pude distinguir, a través del opaco cristal, una estilizada silueta negra. Cuando la puerta se abrió, miré sus botas y al subir la vista observé sus impresionantes ojos. Era él. Me dijo que pasara rápidamente si no quería coger un constipado. Cargada con mis dos maletas, di un paso y después otro. Él cerró la puerta. Acercó su mano hacia una maleta y al cogerla me preguntó si quería su ayuda. Al decir que sí, él ya tenía una maleta en su hombro e iba a coger la otra. Me dijo que le siguiera pues él me estaba esperando. Sabía que yo era la nueva inquilina. Me explicó que el edificio era moderno y desde un principio, el dueño quiso edificarlo para alquilarlo a estudiantes que necesitaban residencia cerca de la universidad. Él también era residente en ese edificio, estaba estudiando Arquitectura.
            Me llevó al segundo piso y paramos delante de la puerta B2, que sería la de mi apartamento. Esperé a que él volviese, pues dijo que llamaría a la encargada para pedirle las llaves. Pensé porqué él había sido tan amable conmigo ya que sólo era un vecino. Cuando llegó, me entregó las llaves, y al disponerme a abrir, le pregunté porqué me trataba así. Robert contestó, ese era su nombre, que era su obligación puesto que le habían elegido presidente de la residencia. Supe que cada piso estaba nombrado por letras : el primero era la A, el segundo  el B, el tercero el C y el cuarto el D. A mí me tocó el segundo piso, es decir, el B y el número de la puerta era el dos. Habían cinco puertas en cada piso, y en total veinte apartamentos. Robert estaba también en el segundo piso. Su puerta era la B4 justo enfrente de la mía.
            Metí la llave en la cerradura, la giré y empujé la puerta despidiéndome de él hasta otro día. Él, también me respondió de igual modo. Cerré la puerta y miré el interior del apartamento. Era muy iluminado. Tenía un pequeño cuarto de baño dentro de la única habitación, una cocina de esas que están junto al salón y en el salón había una mesa-estudio. Inmediatamente comencé a vaciar las maletas. En la nevera no había comida así que bajé a comprar. Cuando volví al piso, el teléfono sonó. Lo descolgué y era mi madre. Me preguntaba como era el sitio y cuánto costaba. Le dije lo de siempre, “a tí que más te da”, y colgué. Después, hice unos espaguetis con tomate, atún y queso. Las cosas empezaron bien.
            Me gustó el ambiente al que me había habituado. La gente era muy amable. Empecé a conocer gente nueva y a personas que compredían mi situación. Salía por la noche cuando podía con amigos y con Robert. Él me presentó a mucha gente. Comenzé a notar que necesitaba de su compañía  y quedábamos para estudiar juntos. Fue un gran y un buen amigo. Pude superar los exámenes y tuve más tiempo para salir. Decidí buscar un trabajo con el que independizarme de mi madre y así evitar sus constantes llamadas instistiendo que no quería que me gastara mucho dinero. Logré encontrar un trabajo como ayudante de secretaria en un bufete de abogados. Todo lo que tenía que hacer era ayudar a la secretaria. Lo hice en verano, alrededor del primer mes, y en Julio pude salir con Robert a la playa. Pero a finales de ese mes, él se tuvo que ir a Londres para acabar su proyecto de carrera. Yo lo veía muy triste pero no me atrevía a preguntarle. Mi interés por él comenzó a aumentar con los días que pasaba sin él. Al mes siguiente me quedé sin trabajo. Pensé en llamarle e ir a Londres pero en el número de teléfono que me dio nadie contestaba y lo dejé estar.

            Encontré otro trabajo como camarera en una hamburguesería. Me pagaban muy poco, pero ahorré algo. Así pasé Agosto. Ya en Septiembre comenzé los preparativos para la vuelta a la universidad. Decidí llamar a mi madre para decirle que no se preocupara por el alquiler porque yo tenía dinero ahorrado y un trabajo con el que poder mantenerme. Ella colgó bruscamente. En ese momento llamaron a la puerta. Cuando la abrí un ramo de rosas me fue entregado por un mensajero. Eran rojas. Pagué al mesajero. Abrí la nota y decía : “ esta noche tú y yo solos”- Robert -. Al leerlo enrojecí. Nunca pensé que llegaríamos tan pronto a relacionarnos íntimamente. Mi corazón no descansaba ni un segundo. Dejé las flores encima del escritorio y volví a leer la nota. Pensé que se trataría de una cita formal como las anteriores, cuando hacíamos futin por la playa (no te lo había contado), jugábamos al baloncesto (tampoco te lo había contado), y esas cosas. Intenté tranquilizarme para poder pensar en otras cosas como mi vuelta a la universidad.
           
            Hacía más de un año que no había visto a mis padres, pero no me preocupó mucho puesto que ellos son los que ahora tienen otro hijo. Andy nació cuando yo tenía deciseis años. Él fue la razón por la que mi padre se quedaba más tiempo en casa. Sin embargo, mi madre nunca me dejó acercarme a él. Para ella, yo era una mala influencia y un estorbo para el crecimiento de su hijo. No era suyo sino de mi padre. Ella no podía quedarse embarazada y decidieron la inseminación artificial. Le implantaron un óvulo fertilizado de otra mujer y fecundado por mi padre. Y así nació Andy. Se parece mucho a mi padre. Ellos me tratan mejor que mi madre. Siempre ha sido así.
            Andy tenía unos tres años y medio cuando yo estaba en segundo de derecho. Ese año fue el año más bonito de mi vida. Robert me confesó que me quería y que siempre estaría a mi lado. En la cita con Robert, que espero que recordarás, fue cuando me lo dijo. Me dijo que no fue a Londres por el proyecto de carrera, sino porque su padre hacía tres meses que había fallecido. Lo sentí mucho por él. Le dije que durante esos tres meses le había notado muy triste pero se lo guardaba para él. Me dijo que no quería creérselo, le costó mucho decírmelo. A partir de ese día estuvimos más juntos. Él tenía un año más que yo, yo iba para los veinte y él ya los tenía.
Quedarse sin padre a ese edad te cambia totalmente. Él se volcó mucho en mí. No tenía madre y siempre había estado con su padre. Su padre fue también arquitecto. Yo le dije que nunca llegué a conocer a mis padres biológicos y que mis padres adoptivos no eran una maravilla, sobre todo mi madre. No me llevaba bien con ella. Pero mi respeto hacía ella se distanciaba al igual que la distancia nos separaba en kilómetros.

            Continuamos el año, igual que el anterior, pero con una diferencia : llegué a conocer a la familia de Robert. Sobre mi familia no supe nada. Desde que mi madre me colgó, nunca volvió a llamar. Yo pensaba llamar teniendo la esperanza de que mi padre se pusiera, pero siempre contestaba ella. En inviero, pasé las Navidades con Robert y con su familia, aunque yo no dejaba de pensar en Andy y en mi padre.

            Pronto llegó Julio y como cada verano Robert se marchó, esta vez sí, a continuar el proyecto de carrera en Londres. Y yo me quedé porque ese mes no podía dejarme el trabajo en la hamburguesería, aunque Robert no desistió en insistir.
Un día llamaron a la puerta. Eran mis padres y Andy. Yo cogí en brazos a Andy y me dio un beso. Le pregunté si me había echado de menos. Mi madre me dijo que no me acercara a él. Mi padre me tranquilizó. Él se acercó y me besó. En cambio, mi madre solo me dijo que el apartamento era una birria y que tenía mal gusto para la decoración. A mi padre, por el contrario, le gustó e incluso pensó en comprarme algo para la decoración. Se me olvidó contarte que cuando llegué por primera vez al apartamento, mi padre me había regalado una figura maya que compró cuando estuvo en Perú. Enseguida mi padre la localizó. Le gustó donde la había puesto y me contó un poco sobre su historia. Andy estaba muy nervioso. Yo sabía que era porque estaba en una casa desconocida. Le enseñé donde estaban las cosas, pero cuando quise llevarlo a la cocina para darle agua, mi madre me lo arrebató. Le dijo a mi padre que ya era hora de volver a casa. Ella salió primero con Andy y mi padre se quedó un rato. Me contó que le costó convercerla para venir. Me dijo que le preocupaba que no le hubiese llamado. Yo le dije que sí llamé pero como ella siempre se ponía, pues...”eso son tonterías”, dijo. Pero él sabía como me sentía. Dijo que era cuestión de tener paciencia y que debía mostrarme más vinculada a ella. Pero si ella no hacía nada por su parte, estábamos como al principio. Le prometí a mi padre que volvería por  Navidad  pues me pidió que así fuera.

            Llegó Agosto, mis merecidas vacaciones fuera de la rutina en la hamburguesería y no recuerdo haber estado más excitada. Fui a ver a Robert a Londres y estuvimos un mes juntos. Me encantó esa ciudad llena de historia y realeza. Pasamos muchos días haciendo visitas turísticas a la ciudad e incluso en calles que no aparecían en las guías. Me llevó a una granja, que ahora era propiedad suya, que había pertenecido a generaciones anteriores a su padre. Te podías perder en ella. Habían caballos, vacas, cerdos y ovejas. Los paisajes eran preciosos llenos de colores que no creo haber visto antes. Aunque yo era de un pueblo de Norteamérica, me sentía más indefensa fuera de mi país, pero el hecho de estar con Robert todo lo cambiaba. Los días pasaban muy rápidamente y cada vez  faltaba menos  para que llegara Septiembre.

Al volver a Estados Unidos, quise irme a casa, donde había pasado mi amarga adolescencia y mi padre me recibió con los brazos abiertos. Mi madre  ni me miraba. No les pude presentar a Robert porque no pudo acompañarme. Tuvo que ir a ver a su abuelo  que había sido hospitalizado. Afortunadamente no pasó nada grave. Yo, no les hablé de Robert y les pedí estar a solas con Andy. Jugamos una hora y media sin interrupciones. Cada vez lo encontraba más grande y más despierto. Parecía que quería jugar todo el tiempo.


Continuará...

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